La emoción: el motor del aprendizaje

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Seguro que recuerdas perfectamente dónde estabas y qué sentiste ante un acontecimiento muy impactante, como el atentado de las Torres Gemelas. Esto ocurre porque las experiencias con alta carga emocional se graban con mucha más fuerza en nuestra memoria. A este fenómeno se le llama flashbulb memory y forma parte de la memoria episódica, la que guarda el qué pasó, dónde, cuándo y con quién.

En el cerebro, este proceso ocurre porque la amígdala detecta la emoción y le indica al hipocampo que ese recuerdo es importante y debe consolidarse. La dopamina refuerza aún más este aprendizaje. Por eso, lo que nos emociona se recuerda mejor y durante más tiempo.

La emoción en el aula

En el aula pasa lo mismo: los aprendizajes emocionalmente significativos se fijan con mayor facilidad. No solo se recuerda la información, sino también el contexto y la experiencia vivida. Aunque la repetición ayuda a aprender, lo que está cargado de emoción es difícil de olvidar.

Aprendemos con todo el cuerpo: la respiración, el corazón y el sistema nervioso participan en la atención. Si el alumno se siente seguro, la corteza prefrontal puede regular la emoción, pensar con calma y aprender. Pero si percibe amenaza o estrés, la amígdala se activa, la atención se bloquea y el aprendizaje se frena.

Entornos que favorecen el aprendizaje

Por eso, las aulas que generan seguridad, curiosidad y conexión emocional —a través del juego, la participación, las historias y el vínculo con el docente— favorecen el aprendizaje. En cambio, el miedo, la exposición pública del error y los entornos tensos lo dificultan.

«El cerebro aprende mejor cuando se emociona y se siente seguro.»

Eduardo Muñoz

Eduardo Muñoz

Neuroeducador y autor de Cerebro Infantil y Maltrato

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